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primer  superior  de  la Custodia de Jalisco,  luego  "Provincia de Santiago
             de Jalisco".

                 Durante  diez  años,  hasta  la  Gran  Rebelión,  el  Padre  Segovia,  ya
             solo  ya  acompañado,  fue  el  gran  apóstol  de  éstas  y  otras  tierras  que
             el  cronista  franciscano  Fray  Antonio  Tello  consigna  minuciosamente,
             sin mencionar la región de Tepec  (Sierra de Tepeque con sus poblados).
             Pero  sí lo  hace,  al dar cuenta de lo sucedido terminada la guerra, en rela­
             ción  con  Fray  Miguel  de  Bolonia,  que  se  hallaba  en  el  sur  de Jalisco:
             "Y  en  este  tiempo le envió a llamar el Padre Fray Antonio de Segovia,
             por  conocerle  que  era  varón  santo  y  de  su  mismo  espíritu  y  celo;  y
             habiendo llegado a su presencia,  le dijo  en el convento de Tetlán, a don­
             de  ya  estaba,  que  era  cosa  muy  conveniente  y  del servicio de  Nuestro
             Señor  fuese  a  los  pueblos de Juchipila,  Nochistlán y a todos los  demás
             que  habían  sido  conspirados  en  la  alteración  pasada,  y  en  particular
             a  los  que  eran  bautizados  y  ya  eran  cristianos,  y  para  que  predicase,
             catequizase  y  bautizase  a los que no  lo eran,  pues el hacer esto era tan
             del servicio de Dios y bien del Reino ...


                  "Desde  este  pueblo  de  J uchipila,  administraba  más  de  cincuenta
             leguas  de  largo  y  cuarenta  de  ancho,  a todos los indios que en ellas se
             contenían,  andando  siempre a pie,  con  un bordón en la mano y un poco
             de  maíz tostado para comer,  que éste era  el mayor regalo de que  usaba
             para  el  sustento  de  su  trabajado  cuerpo.  Porque  de  allí  iba  a  Nochis­
             tlán,  J alostotitlán,  Teocaltiche  y  todas  aquellas  provincias  y  volvía
             por  Jalpa,  El  Teúl,  Tlaltenango,  Sierra  de Tepec, hasta llegar a Zacate­
             cas;  en  cuya  demarcación  había  infinitas  gentes;  y  de  allí  daba  otra
             vez  la  vuelta  a J uchipila,  para  acudir  a  la  manutención  de  aquellos in­
             dios,  y  cobrar  aliento  para  volver  a  salir  por  otra  parte;  que  en  aquel
             tiempo,  por  ser  pocos,  los  religiosos  tenían  siempre  este  continuo tra­
             bajo".


                  Así,  pues,  el  primer misionero de nuestros pueblos,  de quien tene­
             mos  certeza,  fue  Fray  Miguel  de  Bolonia,  del  mismo  espíritu  y  celo
             que  el Padre Segovia.  Ambos,  aparte de la gloria que gozan en el Cielo,
             deberían  tener  un  monumento  en  cada  uno de los pueblos que  cristia­
             nizaron  o  rubustecieron  en  la  fe. Que,  al  menos,  lo tengan en nuestro
             corazón.
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