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5.- LA  GRAN  REBELION  EPILOGADA  EN  EL  CERRO  DEL MIZ­
                 TON.

             SI  HERNAN  CORTES  hubiera  sido  el  conquistador  del  Reino  de  la
             Nueva  Galicia  como  lo  fue  del  Reino  de  la  Nueva  España,  con seguri­
             dad,  humanamente  hablando,  las  cosas  habrían  caminado  del  mejor
             modo  posible,  dadas  sus  excelsas  cualidades:  gran  militar,  gran  políti­
             co  y  gran  estadista; pero  fue  Nuño  Beltrán  de  Guzmán:  hombre  arbi­
             trario,  ambicioso, despótico  y sin el menor sentido del tacto allí  donde
             se  necesitaba el máximo, dada la radical diferencia de  los  indios  del sur
             del Lerma  y del Santiago y  los indios del norte. Estos,  en su casi totali­
             dad,  nunca supieron de sujeción  ni menos de opresión,  pues por conser­
             var su libertad vivían en dispersión y en perpetua guerra unos con otros.

                 Y resultó  lo que tenía que  resultar:  tanto se  atirantó la cuerda que
             acabó  por  reventarse.  Y  la parte  más  delgada  fue naturalmente la cues­
             tión  religiosa:  ¿Iba  a  prevalecer  el  Dios  único  de  los  españoles,  sobre
             la  mayor  o  menor  multitud  de  dioses  de  cada  raza  y  de cada pueblo?
             Y  esta  cuestión  sí  interesába hondamente,  vitalmente,  a los  habitantes
             de  todo lo conquistado y  no conquistado.  Y se confederaron en secreto
             para  una  acción  común,  sincronizada,  desde  el  norte  hasta  Guatemala.
             Se  pretendía,  se  anhelaba el aniquilamiento de  los españoles.  O cuando
             menos, su expulsión fulminante.

                 La voz  de  "¡Al  arma!"  se  produjo  una  noche  en  una  gran fiesta
             de  tepehuanes,  bajo  los  efectos  alucinantes  del  peyote,  en  Tlaxicorin­
             ga, territorio de Durango,  probablemente en los últimos meses de 1540.
             De  allí partieron veloces correos hacia todos los rumbos. De ganar para
             su  Causa a los  cazcanes se encargaron  "unos  indios de  la serranía de Te­
             peque y Zacatecas",  los cuales llegaron a Tlaltenango, "donde juntaron a
             los señores  y  principales  y macehuales del, los que les hablaron diciéndo­
             les:  Somos mensajeros de Tecoroli.  El va a venir en busca vuestra, acom­
             pañado  de  vuestros  antepasados  a  quienes  ha resucitado. Os va a hacer
             saber que en él debéis creer y no en Dios, so pena de no poder ver ya la luz
             y ser devorados por las  fr::ras. Los que crean en él y renuncien a las ense-
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